Según Valdés Domínguez, Martí fue orador en su logia; y según el propio Martí, alcanzó grados en altos cuerpos, o sea, perteneció también al Rito Escocés, Antiguo y Aceptado. Si atendemos a las insignias que atesora el Museo Nacional Masónico de Cuba “Aurelio Miranda Álvarez” debió obtener el grado 30, Caballero Kadosh.
En efecto, José Martí vivió en Madrid unos 25 meses: desde febrero de 1871 hasta aproximadamente mayo del 73, cuando se traslada para la Universidad de Zaragoza. De probable vida masónica el tiempo tuvo que ser menor, pues no ingresó inmediatamente al llegar a la ciudad. ¿Podría en este tiempo alcanzar esos grados y ocupar esa responsabilidad? Si nos atenemos al poco tiempo de posible vida masónica en la capital parece muy difícil. Pero esto sería si lo juzgamos con engañosos patrones contemporáneos. Un análisis con sentido histórico demuestra no sólo que es posible, sino que además, no resulta nada extraordinario.
Estos tránsitos acelerados son muy comunes, sobre todo en etapas de organización precaria de la institución y cuando se trata de talentos destacados. Antonio Govín, por ejemplo, fue iniciado en julio de 1874 y ese mismo año fue nombrado orador de la logia “Amor Fraternal no. 5”, de La Habana. Tres años después de su ingreso era el Gran Maestro de uno de los cuerpos en que se dividió la Gran Logia de Colón. Otro, entre los muchos casos semejantes, es el de Francisco Sánchez Curbelo, quien en 1912 fuera electo Gran Maestro de La Gran Logia de La Isla de Cuba. Fue iniciado el 8 de mayo de 1909 y el 15 de junio de ese mismo año era exaltado como maestro masón y a los diez meses de ser recibido fue electo como Gran Secundo Diácono. Poco antes de cumplir los tres años como masón asumió la Gran Maestría en la cual fue reelecto por otros tres años consecutivos.
En cuanto a su posible condición de caballero Kadosh (grado 30), Fernández Callejas afirma que la logia “Armonía” era una logia capitular. Estas eran logias en las cuales se alcanzaba hasta el grado 18. Además, los grados a partir del tercero no se daban escalonados, sino que del maestro masón se pasaba al 18. En estos casos “los altos cuerpos” se consideraban a partir de los Consejos de Caballeros Kadosh o grado 30, que es a los que parece referirse Martí cuando en México en 1876, escribió que sus ideas sobre la masonería las había expuesto “en otras tierras (…) ante altos cuerpos masónicos”. Sólo podía haber sido en España, aunque no forzosamente en Madrid.
Lo que sí resulta notable es que el joven autor de El Presidio político en Cuba debió impresionar a aquellos masones españoles para que pensaran en él como el orador de la logia. Según los estatutos por los que se regía el Gran Oriente Lusitano Unido, se trataba del “famoso” orador fiscal con atribuciones mucho más amplias que las que poseen los actuales oradores de la logia. Sus facultades eran de tal naturaleza, que era el intérprete y representante de la ley. En el desarrollo de los debates su intervención revestía carácter de conclusiones, luego de la cual se pasaba directamente a la votación.
Esto implica que Martí no se interesó solo por el aspecto fraternal de la institución. Fue reconocido como intérprete de su jurisprudencia y exponente de la razón. Los mismos debates, que luego sostuvo en México en 1876, a través de las páginas de la Revista Universal, y otros a los que él mismo alude en la propia publicación que mantuvo en España, demuestran su interés por el funcionamiento orgánico de la masonería. Seguramente los espíritus conservadores de su época no lo comprendieron. Pero todavía, casi al final de su vida, cuando organizaba el Partido Revolucionario Cubano y, con él, la guerra con la que aspiraba a formar una nación, elogiaba en Patria a las sociedades como la masonería donde “en codeo mutuo y constante, limándose la vanidad o ayudándose de ella para la virtud, han de vivir los hijos de un pueblo que quiere ser dichoso”.
También con respecto a la masonería su pensamiento demostró una clarividencia portentosa. Pudo dejar de utilizar con frecuencia el mandil, pero jamás dejo de ser un verdadero iniciado. |